Estar vivo o muerto es puramente circunstancial. Y la angustia por perder la propia vida es consecuencia directa, única y exclusivamente, del instinto de supervivencia. No hay nada elevado en ello: sin ese instinto, yo no estaría ahora escribiendo esto ni tú lo estarías leyendo: simplemente, no habría vida. Lo cual, dicho sea de paso, no sería ni mejor ni peor. Lo dicho: circunstancial.
El amor es puramente circunstancial: es el resultado de ciertas condiciones físicas y químicas que nos han supuesto, durante toda la historia de la vida, apoyar a ese instinto de supervivencia. No hay nada elevado en el amor. El amor nos ayuda a sobrevivir, paliando otros instintos que, a la larga, serían menos convenientes para nuestra especie. No decidimos amar: la vida lo decide por nosotros en pos del fin primordial: sobrevivir.
Sobrevivir, ¿para qué? Da igual: sobrevivir. Somos esclavos de ese fin, dictado por nuestros instintos. Da igual que sea útil o no; da igual que sea circunstancial o no. Sólo vale eso: sobrevivir. Aún en las peores condiciones posibles, en muchos casos ese instinto prevalece sobre todos los demás. Somos esclavos de él, totalmente subordinados.
Esta dura verdad, completamente racional y, por lo tanto, materialista, tiene su doble filo: la conciencia de su propia existencia puede obrar en contra de su finalidad en seres inteligentes como nosotros. Ser conscientes de ello nos puede paliar en cierto sentido esa necesidad de sobrevivir o, dicho de otro modo, quitarle sentido metafísico a nuestra vida puede implicar suprimir también nuestras ganas por vivirla. Así que la Naturaleza se puso manos la obra y desplegó infinidad de herramientas que trataran de paliarlo. El amor, como comenté arriba, es la principal de ellas.
Que alguien querido pierda la vida como responsabilidad directa tuya, sin embargo, parece que va algo más allá de lo circunstancial. Se ve afectado el amor hacia ese ser querido, el amor propio, el amor hacia los demás implicados en esa pérdida,... Todo se tambalea. A pesar de que sé que todo es circunstancial, que objetivamente es insignificante mi vida o la de los demás, algo así pesa. Pesa mucho. Y la rutina rota se encarga, día a día, de revivírtelo.
Mina ya no está en casa y el agujero que ha dejado es enorme: nadie rasca ya la puerta, aunque aún nos parezca que la oímos rascar de vez en cuando; nadie ladra en el jardín, aunque algún ladrido lejano te dé un vuelco al corazón de vez en cuando; nadie nos coge los calcetines del galán para dormir junto a ellos; nadie duerme junto al armario de los zapatos cada mañana que me levanto; nadie te sale a saludar al jardín cuando vuelves a casa; ya no hay que ocuparse de que Mina no se escape si subimos un rato al pueblo; nadie te requiere ya su paseo diario por el campo; nadie llenará ya la casa de pelos blancos, esos pelos que tanto resaltan en nuestro suelo oscuro; nadie escarba ya el césped del jardín; ya no tenemos que planear las vacaciones en alojamientos que acepten perros.
Es un agujero muy grande: en nuestras rutinas y en nuestro corazón.
Todo se va modificando con el tiempo, especialmente las rutinas: basta construir unas nuevas y repetirlas hasta que se hagan más familiares que las pasadas. Hace 8 años y medio, Néstor conformó varias rutinas para nosotros, aunque menos consolidadas por el tiempo. Yo, que soy más amoldable, me reconozco ya lejano a ellas. Nos costará acostumbrarnos a la falta de Mina, pero supongo que el tiempo hará su trabajo. Mina supuso un catalizador para superar lo de Néstor, pero creo que ahora renunciaremos expresamente a un catalizador parecido. No sé hasta qué punto ello se debe a no querer alejarse de ella demasiado rápido o a desear la justa penitencia por una responsabilidad mal asumida, pero es así: quiero que el tiempo no tenga ayudas.
Y luego está la reacción de Jorge y Héctor, tan distintos. Sus comentarios, en uno u otro sentido, ¡duelen tanto! Pero los necesitamos: necesitamos saber cómo lo viven ellos, cómo poder ayudarles. Quizás ahora esté más sensibilizado hacia mis propias responsabilidades, pero me asusta pensar que no sepan gestionar bien sus emociones y que sufran por ello. No quiero perder la oportunidad de ayudarlos, pero tampoco quiero crear un problema donde no lo hay por insistir en su existencia. Sé de lo que me hablo.
En fin: que la vida es complicada. Sin embargo, mi instinto de supervivencia puede estar tranquilo, porque, no sé cómo se las apaña, pero la vida me sigue pareciendo hermosa. A pesar de ser circunstancial o insignificante. Pura incoherencia, lo sé: siento algo que sé que no es verdad. Soy animal, al fin y al cabo: "esclavo de mis pasiones".
El amor es puramente circunstancial: es el resultado de ciertas condiciones físicas y químicas que nos han supuesto, durante toda la historia de la vida, apoyar a ese instinto de supervivencia. No hay nada elevado en el amor. El amor nos ayuda a sobrevivir, paliando otros instintos que, a la larga, serían menos convenientes para nuestra especie. No decidimos amar: la vida lo decide por nosotros en pos del fin primordial: sobrevivir.
Sobrevivir, ¿para qué? Da igual: sobrevivir. Somos esclavos de ese fin, dictado por nuestros instintos. Da igual que sea útil o no; da igual que sea circunstancial o no. Sólo vale eso: sobrevivir. Aún en las peores condiciones posibles, en muchos casos ese instinto prevalece sobre todos los demás. Somos esclavos de él, totalmente subordinados.
Esta dura verdad, completamente racional y, por lo tanto, materialista, tiene su doble filo: la conciencia de su propia existencia puede obrar en contra de su finalidad en seres inteligentes como nosotros. Ser conscientes de ello nos puede paliar en cierto sentido esa necesidad de sobrevivir o, dicho de otro modo, quitarle sentido metafísico a nuestra vida puede implicar suprimir también nuestras ganas por vivirla. Así que la Naturaleza se puso manos la obra y desplegó infinidad de herramientas que trataran de paliarlo. El amor, como comenté arriba, es la principal de ellas.
Que alguien querido pierda la vida como responsabilidad directa tuya, sin embargo, parece que va algo más allá de lo circunstancial. Se ve afectado el amor hacia ese ser querido, el amor propio, el amor hacia los demás implicados en esa pérdida,... Todo se tambalea. A pesar de que sé que todo es circunstancial, que objetivamente es insignificante mi vida o la de los demás, algo así pesa. Pesa mucho. Y la rutina rota se encarga, día a día, de revivírtelo.
Mina ya no está en casa y el agujero que ha dejado es enorme: nadie rasca ya la puerta, aunque aún nos parezca que la oímos rascar de vez en cuando; nadie ladra en el jardín, aunque algún ladrido lejano te dé un vuelco al corazón de vez en cuando; nadie nos coge los calcetines del galán para dormir junto a ellos; nadie duerme junto al armario de los zapatos cada mañana que me levanto; nadie te sale a saludar al jardín cuando vuelves a casa; ya no hay que ocuparse de que Mina no se escape si subimos un rato al pueblo; nadie te requiere ya su paseo diario por el campo; nadie llenará ya la casa de pelos blancos, esos pelos que tanto resaltan en nuestro suelo oscuro; nadie escarba ya el césped del jardín; ya no tenemos que planear las vacaciones en alojamientos que acepten perros.
Es un agujero muy grande: en nuestras rutinas y en nuestro corazón.
Todo se va modificando con el tiempo, especialmente las rutinas: basta construir unas nuevas y repetirlas hasta que se hagan más familiares que las pasadas. Hace 8 años y medio, Néstor conformó varias rutinas para nosotros, aunque menos consolidadas por el tiempo. Yo, que soy más amoldable, me reconozco ya lejano a ellas. Nos costará acostumbrarnos a la falta de Mina, pero supongo que el tiempo hará su trabajo. Mina supuso un catalizador para superar lo de Néstor, pero creo que ahora renunciaremos expresamente a un catalizador parecido. No sé hasta qué punto ello se debe a no querer alejarse de ella demasiado rápido o a desear la justa penitencia por una responsabilidad mal asumida, pero es así: quiero que el tiempo no tenga ayudas.
Y luego está la reacción de Jorge y Héctor, tan distintos. Sus comentarios, en uno u otro sentido, ¡duelen tanto! Pero los necesitamos: necesitamos saber cómo lo viven ellos, cómo poder ayudarles. Quizás ahora esté más sensibilizado hacia mis propias responsabilidades, pero me asusta pensar que no sepan gestionar bien sus emociones y que sufran por ello. No quiero perder la oportunidad de ayudarlos, pero tampoco quiero crear un problema donde no lo hay por insistir en su existencia. Sé de lo que me hablo.
En fin: que la vida es complicada. Sin embargo, mi instinto de supervivencia puede estar tranquilo, porque, no sé cómo se las apaña, pero la vida me sigue pareciendo hermosa. A pesar de ser circunstancial o insignificante. Pura incoherencia, lo sé: siento algo que sé que no es verdad. Soy animal, al fin y al cabo: "esclavo de mis pasiones".
10 comentarios:
Era una perra muy especial. Un beso muy fuerte para todos. Y un abrazo reconfortante como los que daba a Mina, me encantaba apretarla y levantarla por los aires cuando se dejaba, porque la moza se escabullía. No la olvidaremos.
:,)
Gracias, amigo.
Precioso Juan, lo que demuestra lo feliz que tiene que haber sido a vuestro lado. Un abrazo a los cuatro
Gracias, Jesús: sí, creo que su "vida de perro" no ha estado mal. Por eso, precisamente, da más pena que se le haya acabado: aún le quedaba mucho por disfrutar.
Otro abrazo para ti.
Juanito, cariño, no sé qué decir. Es tan bonito lo que has escrito que no puedo parar de llorar al intentar responderte. Me gustaría encontrar la palabra mágica para paliar ese sufrimiento, pero sólo encuentro un vacío en el centro del dolor de un torbellino de preguntas sin respuesta.
La vida con inteligencia es mucho más difícil. Nos proporciona dolor extra a raudales pero no nos alcanza para confortarnos con respuestas. Condenados a la angustia, además de a nuestras pasiones, la inteligencia nos hace un flaco favor. Nos hace formarnos imágenes de cómo debería ser el mundo y la vida, y nosotros mismos, imágenes que son el motor de todo lo que hemos creado sobre la faz de la Tierra. Pero tener este poder tiene un precio: la angustia, exclusivamente humana.
Al final no nos queda otra que rendirnos al tiempo, como tú dices, ese difuminador mágico pero tan lento. Y la aceptación. Aceptar la angustia, aceptar el dolor, igual que aceptamos lo que nos hace sentirnos bien. Aceptar que no hay respuestas que nos satisfagan, que no podemos dar marcha atrás, que somos muy limitados. Pero aceptar no es nada fácil. A pesar de saber que también nuestros sentimientos y nuestras emociones son circunstanciales, fruto de un código secreto que a veces activa unos y otras otros, nos invaden de tal manera que los magnificamos y los convertimos en tabú. Para aceptar, antes tenemos que quitar la válvula de esa olla a presión; drenarnos por dentro. Tú lo estás haciendo escribiendo esto y con ello estás ayudando a Jorge y a Héctor a gestionar sus emociones. No vas a poder impedir que sufran en la vida, pero pueden aprender que el dolor no es tan poderoso, que lo podemos dejar escapar poco a poco por el agujerito.
Mina es hermosa. Es la perra más bonita del mundo. Está aquí, casi puedo tocarla. Casi puedo darle trozos de pan a escondidas. Sentir mi cara toda mojada por sus lametazos, su cabecita entre mis rodillas. Casi puedo ver mi reflejo en el fondo de sus ojos tristes, escuchar sus pasos sobre las baldosas. Su cola agitándose y su cuello estirado al bajar yo del coche. Apartarme cuando se sacude el agua, verla desaparecer al galope por el camino.
Mina es hermosa. La vida es hermosa. Tú eres hermoso. Y percibir la hermosura, aunque sólo sea una ilusión del amor para aferrarnos a la vida, es algo que no podemos arrancarnos de las entrañas.
:) Lo de los trozos de pan a escondidas me ha hecho sonreír... ¡capulla! :)
Ojalá nunca perdamos esa capacidad de percibir lo hermoso.
Gracias, Olgui.
Vaya, Meca. Lo lamento, estos bichitos son parte de la familia y, a menudo, más queridos que muchos familiares humanos.
Siempre dejan un hueco irremplazable.
Animo para los adultos y más para los peques. Expresar sus emociones seguro que les hace el bien que necesitan.
Gracias, Seli. Tienes razón en el papel que desempeñan en nuestras vidas. Supongo que es difícil de imaginar para alguien que no haya compartido la vida con uno de ellos. Un abrazo grande.
Lo siento muchísimo, Juan.
I know, Natula. Gracias. Un besete.
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