viernes, 4 de abril de 2014

en el centésimo aniversario del nacimiento de octavio paz

El pasado día 31 de marzo se cumplieron 100 años del nacimiento de Octavio Paz.

Me pregunta un buen amigo de dónde viene mi admiración por él.

Poco antes de ir a La India, en el 96, me empapé bien de todo lo que cayó en mis manos sobre el país. Una de las joyas con las que di por casualidad fue "Vislumbres de la India", de Octavio Paz. Bien es verdad que todo lo que tiene que ver con la India me toca la fibra sensible, pero leer ese libro fue un regalo. No sólo por lo que me transmitió de ese lugar del planeta, sino por permitirme descubrir una mente privilegiada unida a una sensibilidad especial y a una capacidad de transmisión de las ideas y los sentimientos inigualable.

Con Octavio Paz le cogí gusto al ensayo, independientemente del tema que tratara: por el puro gusto de ser testigo de cómo una mente estructura ideas, se plantea enigmas, trata de darles luz y consigue transmitir toda esa actividad intelectual con la capacidad de comunicación y el grado de empatía suficientes como para hacerte sentir parte del proceso mental que construye.

Más adelante, investigando sobre su vida, le sentí también como un luchador incomprendido en su época, acusado de anticomunista por tener la decencia (que pocos izquierdistas de su época tuvieron) de denunciar públicamente los crímenes del estalinismo. Demostró sobradamente, también, tener una dignidad muy por encima de lo que estamos acostumbrados a percibir hoy en día, al renunciar a su puesto de embajador de México en la India a raíz de los crímenes de Estado de la Matanza de Tlatelolco, en 1968. Coherencia: esa virtud tan cara.

Era un hombre culto, digno y coherente y, quizás por ello, un incomprendido. A pesar de ser Nobel de Literatura, Cervantes y mil cosas más. Una de esas personas que se merecen un altar. Y yo lo tengo en mi casa. Cerca del de Kurt.

1 comentario:

El Bobo Estepario dijo...

:-)