Quizás su próxima partida y el sentirme abocado a perderla por un tiempo sin aún haberle dicho lo que la quiero sea lo que me haya desquiciado últimamente; sin embargo, de unos días a esta parte han pasado tantas cosas y tan extrañas, que esa angustia la siento ahora como una pequeña mancha difuminada en el corazón.
Todo empezó en el autobús. O mejor dicho: todo empezó este invierno, pleno de las tan ansiadas lluvias. Nadie pensó entonces en lo que éstas supondrían unos meses más tarde para la ciudad. Desde crío aborrezco a las polillas, sus gordos y peludos cuerpos, sus torpes movimientos, su repugnante color de muerte. Tal vez por ello caí antes que nadie en la cuenta de que jamás hubo tantas en la ciudad como estos últimos días de primavera.
Recuerdo la primera vez como si la viviera en este mismo instante: la repentina sensación del estómago congelado y pesado en mi interior que me inmoviliza, la gota de sudor gélida que recorre mi espalda y la falta de aire y espacio. Tres polillas chocaban tontamente una y otra vez entre sí y contra la ventanilla a mi izquierda, como queriendo hacerse notar, acercándose a veces hasta casi rozarme y alejándose otras con sus pesados vuelos de trayectorias impredecibles. Jugaban conmigo, aprovechando mi inmovilidad y mi pánico. Solamente cuando se alejaron lo suficiente tuve fuerzas para recobrar el movimiento y salir del autobús tres paradas después de la mía de forma apresurada y torpe, como imitando sus movimientos.
Aún no había logrado olvidarlo cuando, a los tres días, me sorprendí conduciendo con tres polillas en el coche. Desde el momento de descubrirlas hasta el collarín y la espantosa noche en el hospital nada quedó grabado en mi memoria. Podría decirse que lo que pienso es consecuencia del golpe, pero yo sé que no: las tres polillas que me acompañaron aquellas inacabables doce horas en la habitación eran las mismas que viajaron conmigo horas antes en el coche. Su tamaño y, sobre todo, su actitud son irrepetibles. Mi endiablada costumbre de dormir con la boca abierta me obsesionó hasta tal punto que sólo después del amanecer logré conciliar un corto pero profundo sueño, interrumpido por el doctor con la noticia del alta y sus paternales consejos acerca del reposo y la baja laboral por tres semanas.
Ella no pareció sorprenderse mucho de verme en la granja a la hora de comer. Yo nunca había estado allí, pero alguna vez me había contado acerca de los niños, los animales, sus compañeras y compañeros de trabajo. Necesitaba hablar con ella, contarle, pedirle ayuda; un abrazo suyo que me sacara de la pesadilla. Pero ella habló antes. Me comentó como de pasada la gran cantidad de polillas que se veían este año en la ciudad, pero que sólo ese día se habían visto tantas en la granja. Me las mostró a mi espalda, revoloteando a cientos en torno a un conejo moribundo con los ojos hinchados por los constantes ataques. Tres se destacaban de las demás por su fabuloso tamaño y su especial agresividad. 'Nada se puede hacer ya por él', me dijo ella con una macabra sonrisa en la boca.
Desde entonces no puedo espantarlas de mis ojos, de mis manos, mis orejas, porque nada de mi me es posible mover ya. Los celadores comentan la gran cantidad de polillas que se ven este año, pero yo no puedo avisarles, ni gritar, ni pedir ayuda. Ni tan siquiera puedo escribir estas palabras que jamás saldrán de mi cabeza, donde ellas tres ya han entrado.
Todo empezó en el autobús. O mejor dicho: todo empezó este invierno, pleno de las tan ansiadas lluvias. Nadie pensó entonces en lo que éstas supondrían unos meses más tarde para la ciudad. Desde crío aborrezco a las polillas, sus gordos y peludos cuerpos, sus torpes movimientos, su repugnante color de muerte. Tal vez por ello caí antes que nadie en la cuenta de que jamás hubo tantas en la ciudad como estos últimos días de primavera.
Recuerdo la primera vez como si la viviera en este mismo instante: la repentina sensación del estómago congelado y pesado en mi interior que me inmoviliza, la gota de sudor gélida que recorre mi espalda y la falta de aire y espacio. Tres polillas chocaban tontamente una y otra vez entre sí y contra la ventanilla a mi izquierda, como queriendo hacerse notar, acercándose a veces hasta casi rozarme y alejándose otras con sus pesados vuelos de trayectorias impredecibles. Jugaban conmigo, aprovechando mi inmovilidad y mi pánico. Solamente cuando se alejaron lo suficiente tuve fuerzas para recobrar el movimiento y salir del autobús tres paradas después de la mía de forma apresurada y torpe, como imitando sus movimientos.
Aún no había logrado olvidarlo cuando, a los tres días, me sorprendí conduciendo con tres polillas en el coche. Desde el momento de descubrirlas hasta el collarín y la espantosa noche en el hospital nada quedó grabado en mi memoria. Podría decirse que lo que pienso es consecuencia del golpe, pero yo sé que no: las tres polillas que me acompañaron aquellas inacabables doce horas en la habitación eran las mismas que viajaron conmigo horas antes en el coche. Su tamaño y, sobre todo, su actitud son irrepetibles. Mi endiablada costumbre de dormir con la boca abierta me obsesionó hasta tal punto que sólo después del amanecer logré conciliar un corto pero profundo sueño, interrumpido por el doctor con la noticia del alta y sus paternales consejos acerca del reposo y la baja laboral por tres semanas.
Ella no pareció sorprenderse mucho de verme en la granja a la hora de comer. Yo nunca había estado allí, pero alguna vez me había contado acerca de los niños, los animales, sus compañeras y compañeros de trabajo. Necesitaba hablar con ella, contarle, pedirle ayuda; un abrazo suyo que me sacara de la pesadilla. Pero ella habló antes. Me comentó como de pasada la gran cantidad de polillas que se veían este año en la ciudad, pero que sólo ese día se habían visto tantas en la granja. Me las mostró a mi espalda, revoloteando a cientos en torno a un conejo moribundo con los ojos hinchados por los constantes ataques. Tres se destacaban de las demás por su fabuloso tamaño y su especial agresividad. 'Nada se puede hacer ya por él', me dijo ella con una macabra sonrisa en la boca.
Desde entonces no puedo espantarlas de mis ojos, de mis manos, mis orejas, porque nada de mi me es posible mover ya. Los celadores comentan la gran cantidad de polillas que se ven este año, pero yo no puedo avisarles, ni gritar, ni pedir ayuda. Ni tan siquiera puedo escribir estas palabras que jamás saldrán de mi cabeza, donde ellas tres ya han entrado.

26 comentarios:
Odio las polillas con todas las fuerzas de mi ser. Me repugnan hasta lo patológico. Sin embargo, llevo años intentando atravesar sin éxito el cristal.
[¿Era necesaria la foto? Ya podías haber hecho un dibujito o algo].
¿Verdad?
Vale: cambiaré la foto.
¿Mejor así?
Es de un gusto exquisito, no cabe la menor duda, pero quizá fuese más acertada alguna de:
http://en.wikipedia.org/wiki/Mothman
Mira: mejor dejo la entrada sin foto...
Jajajaja. Ésta es perfecta. Una campaña muy parecida a la de ZP. Me gusta.
El cerebro es más fuerte que cualquier músculo, amigos. Filias y fobias se encajonan en él, se esconden en rincones pequeñitos y no hay manera de hacerlas salir. Por cierto, ¿el sanatorio admite visitas? Me gustaría verle y charlar con él.
Me he perdido la foto, lo habéis hecho todo muy rápido y no me he enterado. :(
Nata: ¡Ácida, más que ácida! :)
Australino: por supuesto que admiten visitas, aunque dudo de que se vaya a enterar ni de que estés allí. [Tranquilo: te envío las fotos por correo electrónico].
¿De que va esto?, ¿es una historia personal mecacholo?
Algo así, Macorisa: es una historia y tiene que ver con algo personal.
Primavera del 96... recuerdo muchas salidas al campo, pero no la plaga de polillas que muchos recordáis. Tendré que mirar si hay algo anotado en el fragmentado diario. ¿Por qué no lo recordaré? Hace doce años, ¡qué barbaridad!
Pienso ir a visitarle, no creas que no.
¡Me acuerdo de algo más! Del VW Polo de color rojo.
No estaría del todo mal que arrojarais un poco de luz al asunto. Siempre he querido tener el pelo y el fondo de armario de la agente 99, pero descifrar códigos no es lo mío.
Australino: ese fue el que casi protagoniza el accidente, en la vida real.
Nata: es sólo que la historia tiene algo que ver con la vida real de hace 12 años. ¡Doce años ya! Sólo eso. :)
A eso le llamo yo una luz cegadora.
... Un disparo de nieve
Ojalá, por lo menos,
Que me lleve la muerte
Para no verte tanto,
Para no verte siempre...
En todos los segundos,
En todas las visiones.
Ya te explicaremos en persona, impaciente. ;)
Mira tú, acabo de descubrir que Silvio no es tan pelmazo como pensaba... Pero me quedo con la versión de Michael Gondry:
http://www.youtube.com/watch?v=y7HqZt6iSvk&feature=related
¡Qué hermoso es ver a una pareja de enamorados!
Es una película increíble, y una de las historias de amor más maravillosa jamás contada, aunque parezca lo contrario.
No sale Fernando Esteso, pero...
Aún así, me gustó. :)
No puede uno llegar a creer que Silvio Rodríguez, que fue un tótem para un sector bien nutrido de la intelectualidad en los primeros 70, que luego se convirtió en fenómeno de masas a principios de los 80 para gente que vestía fulares y estudiaba, por ejemplo, biología, y que se escuchaba inevitablemente en ciertos locales y ambientes en los 80 y 90, haya casi desaparecido de la memoria de la juventud en el siglo xxi.
Nata, que no todo ha de ser british, mujer.
Hombre: lo british no etá nada mal, pero también hay otras cosas: "Otro mundo es posible".
Australino: a las canciones de Silvio y demás cantarines lánguidos que arrastran consonantes se les puede aplicar mi teoría de las jotas aragonesas.
Mechacholo: sí, yo también creo en la posibilidad de colonizar Marte.
Lo de MeCHacholo no ha sido intencionado (todo lo demás, sí). :)
¡Hace un día precioso!
Sobre Silvio Rodríguez tengo yo una historia que contar, pero creo que este no es el lugar apropiado... Y quizás tampoco sea yo la presona apropiada para contarlo.
Pues escríbeme un correo y aprópiate de la historia, que llevamos una semanita de misterios sin resolver...
Bueno, dado que Eva es tan tímida que no es capaz de incluir un comentario aquí, he de hacer constar la información que me ha pasado ahora mismo: las polillas se llaman así "por ser seres con muchos llas. Eso las hace tiroforéticas, pronitonicas, marrones y feorras."
Aquí queda dicho.
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